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El cielo no es el límite: El ambicioso proyecto del billonario Elon Musk

Elon Musk quiere instalar en el espacio la infraestructura computacional de la IA global y lo llama epopeya civilizatoria. Es, ante todo, el negocio de su vida.

Elon Musk y la bolsa de valoresCréditos: Especial
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Hay una frase que Elon Musk pronunció hace unos meses y que merece leerse dos veces: “El espacio se llama espacio por algo.” La dijo para justificar su plan de llenar la órbita terrestre con un millón de satélites que funcionen como servidores de inteligencia artificial (IA).

El argumento completo es que la demanda energética de la IA ya no puede ser satisfecha de manera viable por las instalaciones de nuestro planeta y que el espacio, con su sol perpetuo y su vacío inmenso, es el lugar lógico para instalar la infraestructura computacional del futuro.

Suena a ciencia ficción. Es, en realidad, una solicitud formal ante la Comisión Federal de Comunicaciones de Estados Unidos (FCC), con especificaciones técnicas incluidas. Y detrás de esa solicitud hay una fusión corporativa, un prospecto de salida a bolsa valorado (al cierre del viernes pasado) en casi dos “trillions” de dólares y la ambición de un hombre que tiene un talento excepcional para convertir sus necesidades financieras en visiones que el mundo entero termina aplaudiendo.

La lógica del problema real

Para entender la apuesta hay que empezar por el problema que pretende resolver, porque éste sí existe y es real. Los centros de datos que alimentan los modelos de IA consumen una cantidad de energía difícil de imaginar. Cada vez que alguien genera una imagen, redacta un correo con ayuda de un asistente o le pregunta algo a un chatbot, hay miles de chips trabajando en algún centro de datos climatizado que consume megavatios como si fueran vasos de agua.

La demanda crece de manera exponencial. Y la electricidad, en tierra firme, está sujeta a límites: requiere suelo, infraestructura, agua para enfriamiento y, sobre todo, tiempo para construirse. Musk identificó ese cuello de botella con rapidez.

O quizás lo padecía en carne propia con xAI, su empresa de IA que, según reportes de principios de 2026, quemaba gas natural en Memphis para alimentar sus servidores mientras acumulaba pérdidas.

Sea como sea, la solución que propone tiene una lógica técnica genuina: en el espacio los paneles solares reciben luz de manera prácticamente continua si se colocan en la órbita correcta; no hay agua que gestionar ni permisos ambientales que negociar. La energía, en teoría, sería gratuita e inagotable. La pregunta no es si la idea tiene sentido en un pizarrón. La pregunta es a quién le conviene y a qué precio.

El relato y el negocio

Musk no presenta esto como lo que técnicamente es: una infraestructura de cómputo en órbita para reducir sus costos operativos y posicionar a SpaceX como proveedor monopólico de la mayor parte del poder computación de IA en el mundo. Lo presenta como el primer paso para convertirse en una civilización Kardashev Tipo II: una sociedad capaz de aprovechar toda la energía de su estrella.

Ahí está el truco. Y hay que admirarlo aunque incomode. Cuando Musk habla de “extender la luz de la conciencia a las estrellas”, frase con la que anunció la fusión de SpaceX y xAI en febrero de este año, no está siendo poético. Está construyendo el marco narrativo dentro del cual cualquier objeción suena mezquina. ¿Tienes dudas sobre el modelo financiero? Eres alguien que se opone a la conciencia cósmica.

¿Preocupan los desechos espaciales? No comprendes la vastedad del universo. De hecho, cuando los expertos advirtieron sobre el riesgo de colisiones al añadirse un millón de satélites adicionales en la órbita baja de la Tierra, Musk respondió en X que los satélites tendrían tanta separación entre sí que sería complicado distinguirlos. Una respuesta que no responde nada, pero que suena a sabiduría zen.

El prospecto de la salida a bolsa de SpaceX, ocurrida el pasado viernes 12, con una recaudación objetivo de alrededor de 75 “billions” de dólares, lo dice con más frialdad que cualquier “tuit”.

El documento señala que el mercado total de la IA, valorado (potencialmente) en hasta 26.5 “trillions” de dólares y que increíblemente se acerca al PIB de Estados Unidos al cierre de 2025, (30.7 “trillions”) se verá limitado por el “acceso a la electricidad y al agua a precios económicamente viables”. SpaceX se propone como la solución. No es una visión altruista. Es un “pitch” de inversión envuelto en retórica interplanetaria.

Lo que existe y lo que se promete

Conviene separar lo que ya hay de lo que todavía es promesa. Lo que existe: la solicitud ante la FCC, el satélite prototipo llamado AI1 con paneles solares de 70 metros, el proyecto Terafab: una megafábrica de chips en Texas desarrollada junto con Tesla e Intel para producir los semiconductores que irían a bordo de esos satélites, y un cronograma que habla de un primer gigavatio de potencia computacional en órbita para finales de 2027.

Lo que es todavía promesa: básicamente todo lo demás. El propio documento S-1 de la empresa admite que para su capacidad para lograr el plan de una IA en orbita a gran escala depende del número de chips de IA al que puedan acceder, pues no tienen esa disponibilidad actualmente. También reconoce que ni Tesla ni Intel están obligados a seguir involucrados en el proyecto Terafab y que el éxito de la megafábrica no está garantizado.

Para superar los límites de potencia eléctrica terrestres, Musk ha ido más lejos todavía: propone construir fábricas en la Luna, usar el aluminio y el silicio (entre otros) del regolito lunar (esa capa gris de material rocoso suelto, polvo y fragmentos minerales que cubre la superficie de nuestro satélite natural) para fabricar satélites in situ, evitando así el control de China sobre los materiales de tierra rara en nuestro planeta, y lanzarlos al espacio mediante un acelerador de masas.

Los robots humanoides “Optimus” de Tesla serían los operadores de esa planta fabril lunar. El objetivo final: un petavatio (10 a la 15ª potencia) de energía en el espacio.

Aquí es donde la ingeniería se disuelve en aspiración, de acuerdo con los expertos. No porque sea imposible en el largo plazo, ya que la historia de Musk tiene suficientes victorias reales como para no descartarlo, sino porque presentar el megaplan lunar como contexto de una solicitud regulatoria fechada en 2026 es mezclar horizontes temporales de manera deliberada. Crea la impresión de que todo es inminente cuando la mayor parte es especulación con fecha de realización desconocida.

El precio que nadie cotiza

Hay dos costos que el relato de Musk omite con elegancia. El primero es el ambiental y orbital. La órbita terrestre baja ya alberga más de 32 mil satélites y fragmentos de desechos. Agregar un millón de nuevas unidades solo de SpaceX, sin contar a Google, Blue Origin y las decenas de startups que ya anunciaron proyectos similares, cambia las probabilidades de riesgo de choques de una manera que los modelos actuales no terminan de calcular.

El síndrome de Kessler, ese escenario donde una colisión en cadena vuelve inutilizable la órbita baja por generaciones, deja de ser una hipótesis académica para convertirse en riesgo manejable. O no manejable. Nadie lo sabe con certeza, y precisamente por eso inquieta.

El segundo costo es la concentración de poder. Si SpaceX logra posicionarse como la infraestructura computacional de la IA global, desde el lanzamiento hasta los chips, pasando por la energía solar y la fábrica lunar, estaríamos hablando de una integración vertical sin precedentes en la historia de la tecnología.

Ni Microsoft en los noventa, ni Google en los dos mil, ni Amazon en la nube alcanzaron ese nivel de control sobre una capa tecnológica transversal tan extensa. Musk sería, simultáneamente, el dueño del cohete, del satélite, del chip, del modelo de IA y de la red social donde se discute todo esto.

Si a lo anterior sumamos los rumores que maneja el mercado en el sentido de que es muy probable que SpaceX y Tesla se fusionen, se añadirían a la primera los desarrollos en baterías y robótica que Tesla persigue y concentrarían aún más la influencia de SpaceX.

Con todo esto el valor real de SpaceX es aún desconocido, pero tiene un enorme potencial. Su peso dentro de los índices bursátiles podría llegar a ser desproporcionado y, junto con el resto de las llamadas “7 Magníficas”, el mercado bursátil pasaría a ser una bolsa de inversión totalmente dominada por empresas centradas en la IA.

Lo que queda al final

La propuesta de los servidores de IA en el espacio y todo lo que ella conlleva, no es una locura. Tampoco es todavía una realidad. Es, por ahora, un argumento de ventas extraordinariamente bien construido que aprovecha un problema genuino, la sed energética de la IA, para justificar una expansión empresarial de dimensiones históricas.

Musk tiene razón en que la energía solar en órbita podría ser transformadora. Tiene razón en que su plataforma Starship puede cambiar la ecuación del costo de lanzamiento. Tiene razón en que la Tierra sola no alcanzará para alimentar la IA que el mundo parece requerir – y utilizar a la Luna para evitar el control de China en materiales de tierras raras es simplemente genial (en caso de que se logre).

Quizá el cielo no sea el límite. Pero sí lo es la pregunta que toda gran narrativa tecnológica merece antes del aplauso: ¿quién gana, exactamente, y a costa de quién? Musk tiene razón en los problemas que señala. Lo que todavía no ha justificado es por qué la solución tiene que pasar, de manera tan completa e inevitable, por él. Las facturas, hasta ahora, siempre llegan a un domicilio en la Tierra.

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Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.

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