Esta columna escribe, casi siempre, sobre tecnología. Hago una excepción hoy porque el análisis de Ray Dalio publicado hace tres semanas toca algo que ningún tema tecnológico puede ignorar: el contexto en que todo lo demás ocurre, especialmente en estos últimos días. No hay industria, innovación ni transformación digital que no dependa del orden —o del desorden— del mundo que la rodea.
Cuando uno de los analistas más rigurosos del planeta dice que ese orden ha colapsado, vale la pena escuchar. Aunque sea martes de gadgets.
El 14 de febrero de 2026, mientras el mundo discutía si la diplomacia podía todavía salvar la paz, los líderes más poderosos del planeta se reunieron en Múnich y llegaron a una conclusión que pocos se hubieran atrevido a pronunciar en voz alta hace apenas unos cuantos años: el orden mundial construido tras la Segunda Guerra Mundial ha terminado. No está en crisis. No está amenazado. Ha terminado.
Eso fue lo que dijo el canciller alemán Friedrich Merz ante los asistentes a la Conferencia de Seguridad. Lo confirmó el presidente francés Emmanuel Macron, quien advirtió que Europa debe prepararse para la guerra y lo ratificó el secretario de Estado norteamericano Marco Rubio, al declarar que el “viejo mundo” simplemente ha desaparecido. Esta coincidencia de voces no es menor: representa el reconocimiento oficial, por parte de Occidente, de que las reglas del juego internacional han cambiado de manera irreversible.
Ray Dalio, el fundador del fondo de inversiones Bridgewater Associates y uno de los analistas económicos más influyentes del mundo, publicó ese mismo día un extenso análisis en el que explica por qué este momento era predecible, qué lo causó, y qué podría venir después. Su lectura es incómoda, pero necesaria.
El Gran Ciclo: la historia como mapa
Dalio lleva años estudiando los patrones que se repiten a lo largo de siglos en el auge y caída de las grandes potencias. Su conclusión central es que la historia no se mueve en línea recta, sino en ciclos: períodos de orden y prosperidad que inevitablemente contienen las semillas de su propia destrucción y que, tarde o temprano, desembocan en períodos de conflicto y caos.
A este movimiento pendular lo llama el “Gran Ciclo” y lo divide en seis etapas. La etapa en la que nos encontramos ahora, según su diagnóstico, es la sexta y más peligrosa: la del gran desorden. Es una fase en la que ya no existen reglas efectivas entre naciones, en la que el poder es el único árbitro de los conflictos, y en la que las grandes potencias comienzan a chocar frontalmente.
Para dimensionar la gravedad de este momento, basta con recordar cuándo ocurrieron las últimas veces que el mundo estuvo en esta etapa. En Europa, los tres grandes ciclos de paz y conflicto desde el año 1500 culminaron respectivamente en la Guerra de los Treinta Años, las Guerras Napoleónicas y las dos Guerras Mundiales. Cada uno de esos períodos de terror fue precedido por décadas de prosperidad y aparente estabilidad. Los buenos tiempos, paradójicamente, crean las condiciones para los peores.
¿Por qué el mundo sin reglas es el más peligroso?
Uno de los argumentos más importantes del análisis de Dalio tiene que ver con la diferencia fundamental entre cómo funciona el orden dentro de un país y cómo funciona —o no funciona— el orden entre países. Dentro de una nación, existen leyes, tribunales, policías y consecuencias. El sistema no es perfecto, pero existe y tiene dientes.
Entre naciones, en cambio, no hay nada equivalente. La ONU y la Liga de las Naciones antes que ella fueron intentos de crear ese orden supranacional, pero han fracasado por una sencilla razón: nunca tuvieron más poder que los países más fuertes. Y cuando el poder de un Estado supera al de la organización colectiva, ese Estado hace lo que quiere. El poder manda, no la ley.
Por eso, cuando dos grandes potencias tienen una disputa, no contratan abogados. Se amenazan mutuamente, negocian desde la fuerza, y si no llegan a un acuerdo, pelean. Las guerras entre naciones adoptan cinco formas: comerciales, tecnológicas, de capital, geopolíticas y militares. Lo que Dalio señala —y esto es crucial— es que casi siempre, antes de que aparezca la guerra militar, transcurre alrededor de una década de conflicto en las otras cuatro dimensiones. Primero vienen los aranceles, las sanciones, las restricciones tecnológicas y las disputas territoriales. Los disparos llegan al final.
El espejo de los años treinta
La parte más perturbadora del análisis de Dalio es la que traza paralelos entre el mundo actual y el de la década de 1930. La Gran Depresión de 1929 destruyó economías enteras: el desempleo en Alemania llegó al 25 por ciento, las exportaciones de Japón se desplomaron a la mitad, y la pobreza se extendió por el mundo industrializado. La respuesta política fue, en casi todos lados, la misma: los ciudadanos desesperados se volcaron hacia líderes populistas y autoritarios que prometían restaurar el orden y la grandeza nacional.
En Alemania, Adolf Hitler llegó al poder en 1933 canalizando la humillación colectiva por el Tratado de Versalles. Una vez en el poder, eliminó derechos civiles, censuró medios de comunicación, creó una policía secreta y concentró todo el poder en sus manos. Su política económica —gasto fiscal masivo, inversión en infraestructura y movilización industrial— logró efectivamente reducir el desempleo a casi cero para 1938, con un crecimiento económico real de más del 8 por ciento anual. El mercado de valores alemán subió 70 por ciento. La recuperación fue real, pero estaba construida sobre una maquinaria de guerra.
Japón siguió un camino similar: golpeada por la depresión y sin recursos naturales propios, decidió tomarlos por la fuerza. Invadió Manchuria en 1931 y se extendió brutalmente por Asia. En la toma de Nanking en 1937, murieron aproximadamente 200 mil civiles chinos.
Estados Unidos respondió con sanciones económicas progresivas que eventualmente cortaron el 80 por ciento del suministro de petróleo de Japón. Ante la disyuntiva de ceder o atacar, Japón atacó Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941. El mundo entró en guerra total. Dalio no dice que esto vaya a repetirse exactamente. Dice que los patrones se parecen demasiado como para ignorarlos.
La guerra que ya empezó, aunque nadie la haya declarado
Hoy, el conflicto más explosivo del planeta es el que enfrenta a Estados Unidos y China. Dalio lo describe como una guerra económica activa que podría evolucionar hacia una guerra militar. Los aranceles, las restricciones tecnológicas, las sanciones financieras y las tensiones en torno a Taiwán son, siguiendo su marco de análisis, exactamente las etapas que preceden a los conflictos armados.
La condición más peligrosa, según Dalio, se presenta cuando dos potencias tienen fuerzas militares comparables y diferencias existenciales irreconciliables. Estados Unidos y China cumplen hoy ese perfil. Y la historia muestra que cuando se dan estas condiciones, la guerra no es inevitable, pero sí probable si no se manejan con extraordinaria inteligencia y disposición al compromiso.
Europa, por su parte, enfrenta su propia crisis de seguridad. Las palabras de Merz y Macron no son retórica vacía: son el reconocimiento de que el paraguas de seguridad que Estados Unidos extendió sobre el continente desde 1945 ya no está garantizado. Europa tendrá que defenderse a sí misma en un mundo donde el poder habla más alto que los tratados.
¿Hay salida?
Dalio no es fatalista. Su análisis no concluye que la guerra sea inevitable ni que el caos sea el destino único. Señala, con ejemplos históricos, que hay imperios y civilizaciones que han logrado transitar períodos de transición sin colapsar, manteniendo relaciones de beneficio mutuo con sus rivales y adaptando sus sistemas internos con suficiente agilidad.
El principio que repite con más énfasis es uno aparentemente simple pero difícil de aplicar: las relaciones en las que todos ganan son infinitamente más valiosas que las guerras en las que todos pierden. Para construirlas, los países necesitan entender genuinamente qué es lo más importante para la otra parte, comunicar con claridad sus propias líneas rojas (es decir, las que no pueden cruzarse), y tener la disposición de ceder en lo secundario para proteger lo esencial.
Lo que hace tan difícil aplicar ese principio es el “dilema del prisionero”: cada parte tiene incentivos para actuar agresivamente porque teme que si no lo hace, la otra la golpee primero. Este miedo mutuo, combinado con escaladas recíprocas y líderes que priorizan el apoyo doméstico sobre la estabilidad internacional, es la receta para las guerras que nadie quería pero que todos contribuyeron a provocar.
Lo que nos deja esta advertencia
El análisis de Ray Dalio no es el único que describe el momento actual en estos términos, pero sí es uno de los más documentados y sistemáticos. Su valor no está en predecir con exactitud lo que va a pasar, sino en ofrecer un mapa histórico que permite entender la lógica de fuerzas que están en juego.
Lo que ese mapa muestra es inquietante: el mundo está siguiendo, con notable fidelidad, el guión que precede a los grandes conflictos del pasado. La depresión económica o el estancamiento que alimenta el populismo, los líderes que concentran poder mientras agitan el nacionalismo, las guerras comerciales que se convierten en sanciones que se convierten en embargos, las alianzas que se reconfiguran, las instituciones internacionales que pierden autoridad. Cada uno de esos elementos está presente hoy.
Esto no significa que el desenlace esté escrito. Significa que el margen para actuar con inteligencia y con miras al largo plazo se está reduciendo. Y significa que ignorar las lecciones de la historia, como advirtió Dalio, no nos protege de ella. Solo nos deja sin preparación para cuando llegue.
Precio de Bitcoin de hoy
Puede ver el precio de hoy de Bitcoin aquí, así como también el precio de hoy de Ethereum y de las principales criptomonedas. Dalio publicó su ensayo en su cuenta de X; puede verlo en este enlace.
Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.
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