La primera semana de la guerra contra Irán, los mercados financieros hicieron algo desconcertante: básicamente, ignoraron lo que estaba pasando. La narrativa dominante fue “se trata de disrupciones temporales, nada catastrófico, esto terminará pronto”. Me parece que esa narrativa está equivocada. Y de una manera muy concreta.
La apuesta de 1.5 “trillions” de dólares
Para entender por qué, hay que comprender la magnitud de lo que está en juego. Según reportes de Goldman Sachs publicados en diciembre pasado, el gasto real en infraestructura de inteligencia artificial (IA) ha superado las proyecciones en más del 50% durante dos años consecutivos.
Meta ha comprometido más de 600 mil millones de dólares en infraestructura de IA en Estados Unidos para 2028. Apple prometió 500 mil millones en cuatro años. Amazon proyecta 200 mil millones solo para el 2026. Google entre 175 y 185 mil millones. Microsoft, 105 mil millones este año.
Sumemos: estamos hablando de aproximadamente 1.5 billones (millones de millones en notación española o “trillions” estadounidenses) de dólares en inversión comprometida, la mayor apuesta económica en la historia de los Estados Unidos (y quizá del mundo). Y esa apuesta descansa sobre una premisa fundamental: que las cadenas de suministro globales seguirán funcionando con relativa normalidad.
El 28 de febrero pasado, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Epic Fury. En cuestión de días, el Estrecho de Ormuz —por donde transitan aproximadamente 20 millones de barriles de petróleo al día, casi un quinto del consumo mundial, de acuerdo con la Agencia Internacional de Energía (AIE)— quedó efectivamente cerrado. La AIE lo calificó como la mayor disrupción en el suministro de petróleo de la historia. El Brent pasó de 70 dólares por barril a rozar los 120.
El laberinto de los semiconductores
Lo que pocos saben es que un solo chip semiconductor cruza más de 70 fronteras nacionales antes de llegar al consumidor final. El viaje toma hasta 100 días e involucra más de mil etapas de manufactura. Las obleas de silicón comienzan en Japón o Alemania. El diseño ocurre en Estados Unidos o el Reino Unido.
La fabricación de los chips más avanzados —los que alimentan la IA— se concentra casi en su totalidad en Taiwán (92%) y Corea del Sur (8%), según datos de la Semiconductor Industry Association. El ensamblaje y las pruebas se realizan en Malasia, Vietnam y Filipinas.
Cada paso de esa cadena consume energía. Cada cruce de frontera cuesta dinero. Y ahora, cada nodo logístico —los fleteros, las aseguradoras marítimas, el combustible para los barcos de carga— opera bajo condiciones de guerra. Hay un detalle adicional que no aparece en los titulares: el Golfo Pérsico produce una fracción significativa del helio mundial, insumo crítico e irreemplazable para la fabricación de semiconductores. Todo está interconectado.
Antes de que estallara la guerra, el costo de asegurar un buque-tanque a través del Estrecho de Ormuz era de entre 0.02% y 0.05% del valor del buque y su carga. Para un tanquero de 120 millones de dólares, eso equivalía a unos 40 mil dólares por viaje. Bloomberg reportó la semana pasada que esa cifra saltó a 5% del valor del casco —es decir, alrededor de 6 millones de dólares por travesía—.
Ese costo no se absorbe por el transportista: se transfiere al precio de todo lo que viaja en el barco. Los 12 clubes de Protección e Indemnización que aseguran el 90% del tonelaje oceánico mundial dieron aviso de cancelación de sus coberturas de guerra en el Golfo Pérsico con apenas 72 horas de anticipación.
Los centros de datos en la mira
El conflicto no es solo energético o logístico. La agencia de noticias Tasnim, vinculada a los Guardianes de la Revolución iraníes, publicó hace unos días una lista de objetivos que incluye explícitamente a Amazon, Microsoft, Palantir y Oracle, descritos como “infraestructura tecnológica enemiga”. En días posteriores, Amazon Web Services confirmó que ataques de drones dañaron dos de sus instalaciones en los Emiratos Árabes Unidos y una en Bahréin. Amazon recomendó a sus clientes migrar cargas de trabajo hacia fuera de Oriente Medio.
Por primera vez en la historia, el Mar Rojo y el Estrecho de Ormuz están cerrados simultáneamente en calidad de zonas de conflicto activo, cortando los cables submarinos que conectan los centros de datos del Golfo con África, el sur de Asia y el sudeste asiático. Esos cables se daban por hechos en la proyección de 1.5 “trillions” de dólares de inversión que apunté antes.
La trampa del incentivo iraní
Aquí es donde muchos análisis se equivocan: los mercados parecen estar tratando esta situación como una disrupción de corto plazo. Pero Irán no necesita ganar militarmente. Solo necesita que el conflicto sea lo suficientemente caro para todos los demás involucrados, hasta que la presión del des-escalamiento recaiga en otro lado.
Cada semana que el Estrecho permanezca prácticamente inasegurable impone más costos a la economía global que la semana anterior. Cada ataque a un centro de datos es barato en términos operativos —los drones son baratos— pero el daño reputacional a la infraestructura de la “nube” es enorme.
Oxford Economics estima que cada aumento de 10 dólares en el precio del petróleo recorta 0.1% del PIB mundial. Los modelos de la Reserva Federal de los Estados Unidos sugieren que ese mismo aumento eleva la inflación estadounidense en aproximadamente 0.35%. El petróleo está hoy unos 30 dólares por encima de los niveles previos a la guerra.
De acuerdo con Oxford Economics, si los precios del crudo alcanzan 140 dólares y se mantienen ahí durante dos meses, la economía estadounidense podría enfrentar una parálisis temporal. Europa, el Reino Unido y Japón enfrentarían contracciones leves. Gregory Daco, economista en jefe de EY-Parthenon, lo dijo sin rodeos a la revista Fortune: “Mientras más dure el conflicto, más significativo será el choque.”
El problema invisible: los fertilizantes
Hay una dimensión de esta crisis que casi nadie está siguiendo: el corredor de fertilizantes. El Golfo Pérsico no es solo un corredor energético. Según reportajes de Al Jazeera, el 46% del suministro mundial de urea proviene de esa región. Qatar FAFCO, la empresa estatal de fertilizantes de Qatar, abastece el 14% de la urea global. Desde que la producción de gas natural licuado qatarí colapsó, India recortó la producción en tres de sus plantas de urea. Bangladesh cerró cuatro de sus cinco fábricas de fertilizantes. Estados Unidos ya está cerca del 25% por debajo de su suministro normal de fertilizantes para esta época del año.
Esto ocurre en plena temporada de siembra de primavera. Los agricultores sin fertilizantes no solo tienen costos más altos: tienen rendimientos menores. Menores rendimientos significan presión sobre el suministro de alimentos dentro de tres a seis meses, cuando los titulares noticiosos ya habrán pasado a otra cosa (esperemos). Zippy Duvall, presidente de la Federación Estadounidense de Agricultores, le escribió directamente al Presidente Trump advirtiendo que el país “se arriesga a un déficit en cosechas” que podría “contribuir a presiones inflacionarias en toda la economía”.
La ventana política se cierra
Todo esto tiene una consecuencia que afecta directamente al corazón del proyecto de IA. Los precios más altos de energía, alimentos y transporte golpean al mismo consumidor que supuestamente iba a empezar a beneficiarse de las ganancias de productividad en los próximos dos o tres años.
El Lawrence Berkeley National Laboratory estima que los centros de datos en Estados Unidos ya consumen el 4.4% de la electricidad nacional. Goldman Sachs proyecta que la demanda eléctrica de los centros de datos añadirá 0.1% a la inflación subyacente de EE. UU., tanto en 2026 como en 2027.
Los precios al menudeo de la electricidad ya subieron un 42% desde 2019 en ese país. Un servidor para IA requiere entre 40 y 100 kilowatts de energía; uno tradicional, entre 5 y 15. Cuando el choque energético de la guerra se sume a facturas ya de por sí elevadas derivado de la demanda energética de los centros de datos, es muy probable que la narrativa política cambie.
La IA ya tenía un problema político antes de esta guerra: la ansiedad por el desplazamiento laboral, los litigios disputando la propiedad intelectual, las críticas medioambientales. Pero el resentimiento era abstracto. Los precios de la energía le ponen cifras concretas. Y los números, una vez que aparecen en los recibos de luz, son muy difíciles de quitarse de encima.
China observa, y aprende
Hay un actor en esta historia que no ha disparado un solo misil. China controla aproximadamente el 90% del procesamiento mundial de tierras raras y el 70% de su minería.
Desde julio de 2023, Beijing ha implementado una escalada metódica de controles de exportación sobre los materiales que sustentan la manufactura de semiconductores: galio y germanio, grafito, antimonio, tungsteno, y en octubre de 2025 añadió siete elementos de tierras raras medianas y pesadas declarando su jurisdicción sobre productos fabricados en terceros países que contengan materiales de origen chino. Esos controles terminarán en noviembre de 2026 tras negociaciones con Washington pero, como señaló el despacho de abogados Clark Hill, esto representa “una pausa en la escalada, no una reversión estratégica”.
Beijing no necesita hacer nada dramático en este momento. Estados Unidos está enredado en una guerra en Oriente Medio. Las inversiones en IA se están retrasando en su ejecución. Las cadenas de suministro absorben fricción desde todos los flancos. China puede esperar, dejar que la situación se complique, y reaparecer en 18 meses habiendo cerrado la brecha en desarrollo de IA mientras todos mirábamos el Estrecho de Ormuz.
La pregunta que los mercados aún no se hacen
La apuesta en IA no fue irracional. Fue hecha por personas serias con convicción genuina, respaldada por un progreso tecnológico real. Pero fue una apuesta realizada bajo condiciones específicas: precios de energía estables, componentes accesibles, rutas marítimas funcionales, geopolítica cooperativa y un consumidor con suficiente margen para absorber varios años de costos de transición antes de ver los beneficios.
Ninguna de esas condiciones existe hoy. El mercado de seguros ya estableció precios de zona de guerra en el Estrecho de Ormuz. El mercado de fertilizantes ya está descontando un choque de oferta. El mercado de fletes ya incluye una prima de riesgo que no desaparecerá cuando cesen los disparos, porque una vez que las aseguradoras re-calculan las primas aplicables a una región, no dan marcha atrás rápidamente.
La pregunta no es si el proyecto de IA sobrevive esto. Alguna versión sobrevivirá. La pregunta es si los mercados han actualizado su modelo, o si todavía operan bajo el supuesto de que esta situación de conflicto se resuelve en unas semanas y todo regresa al estado de cosas que imperaba el 27 de febrero. La apuesta fue hecha. Las condiciones cambiaron. Las matemáticas son las que son.
Precio de Bitcoin de hoy
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Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A. Página web: https://mx.linkedin.com/in/transactionalmexico/es