LA NADA Y UNO

El impacto de la IA en la economía global: ¿Cuáles son las consecuencias?

Hemos asumido que el futuro será una versión ligeramente más rápida del pasado, cuando en realidad es un cambio de paradigma total.

¿La IA podría convertirse en la destrucción de la fuerza humana?Créditos: El Heraldo Binario
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En 1869, un grupo de reformadores en Massachusetts, impulsados por una mezcla de miedo y pragmatismo político, convenció a su gobierno estatal para realizar un experimento radical: contar. La Segunda Revolución Industrial estaba en pleno apogeo, transformando los campos de Nueva Inglaterra en un laberinto de fábricas de vapor y humo.

Los dueños de los molinos habían descubierto rápidamente una verdad que hoy se enseña en el primer semestre de cualquier maestría en administración: las ganancias en eficiencia siempre se extraen de algún sitio, y ese sitio suele ser el bienestar de alguien más.

Para evitar que el descontento social terminara en una guerra de clases, Massachusetts creó la primera Oficina de Estadísticas Laborales (Bureau of Labor Statistics o BLS por sus siglas en Inglés). Su misión era simple pero hercúlea: medir la realidad, contando, para que el gobierno pudiera actuar antes de que las ciudades ardieran.

Hoy, más de un siglo y medio después, nos encontramos en un umbral similar, pero con una ceguera voluntaria que resulta aterradora. Como bien advierte Josh Tyrangiel en una reveladora y sombría investigación para la revista The Atlantic, la economía de los Estados Unidos —y en mi opinión, por extensión la global— se dirige hacia una colisión frontal con la inteligencia artificial (IA).

Estamos, en esencia, intentando navegar un huracán tecnológico utilizando mapas del siglo pasado. La advertencia de Tyrangiel es clara: no es que la IA no sea capaz de transformar la economía; es que nuestras instituciones han decidido mirar hacia otro lado mientras el suelo desaparece bajo sus pies. En ese artículo de Tyrangiel se basa la presente columna de opinión: todas las citas aquí reproducidas provienen de él.

El espejismo de los datos y el espejo retrovisor

Para entender la magnitud del problema, hay que observar a quienes tienen las manos en los controles de la economía. Austan Goolsbee, presidente del Banco de la Reserva Federal de Chicago y uno de los economistas más brillantes de su generación, admite con una franqueza inquietante que, dentro de las cifras oficiales, la IA todavía es un fantasma.

Si uno mira el Producto Interno Bruto o las tasas de desempleo generales, la revolución parece no haber llegado. “Es demasiado pronto”, dicen los expertos con una sonrisa tranquilizadora. Sin embargo, esa tranquilidad es el resultado de un desfase metodológico.

La economía moderna se mide mirando por el espejo retrovisor. Los datos que la Reserva Federal utiliza para tomar decisiones sobre tasas de interés y crecimiento suelen tener meses de retraso, y las categorías que miden —empleo, productividad, inflación— fueron diseñadas para una era de productos físicos y servicios humanos tangibles.

La IA, por el contrario, se mueve a la velocidad de la luz y del software. Tyrangiel señala que esperar a que el “impacto” se vea en las estadísticas nacionales es como esperar a que el detector de humo suene cuando la casa ya está hecha cenizas.

La IA no está esperando a que los economistas actualicen sus modelos; está asimilando documentos legales, redactando código de programación y diagnosticando enfermedades en milisegundos, todo mientras los burócratas en Washington (y creo, en las capitales de los países más ricos del mundo) discuten si el tamaño de la muestra de sus encuestas es el adecuado.

El silencio de los canarios en la mina digital

Aunque los grandes datos económicos no muestren aún la herida, existen grupos que ya están sangrando. Tyrangiel relata que investigadores del Laboratorio de Economía Digital de la Universidad de Stanford han identificado lo que llaman “canarios en la mina”: los trabajadores jóvenes de entre 22 y 25 años que ocupan puestos en sectores altamente expuestos a la IA generativa.

En este grupo, el empleo ha caído un 13% desde finales de 2022. No es una fluctuación estacional; es una señal de que las empresas han dejado de contratar personal de nivel de nuevo ingreso porque un algoritmo puede hacer el trabajo de un analista novato de manera gratuita y sin quejarse.

El drama aquí es narrativo y humano. Imagine a un recién graduado que, tras años de esfuerzo y deudas por colegiaturas universitarias, entra a un mercado laboral donde su primer peldaño profesional ha sido destruido por un modelo lingüístico gigante. Estos jóvenes no aparecen en las noticias como “despedidos por la IA” porque nunca fueron contratados. Son los desaparecidos estadísticos de una transición que no les dio oportunidad de participar. Si este patrón se extiende a otros rangos de edad, el tejido social que sostiene a la clase media se desintegrará antes de que el BLS pueda siquiera publicar un boletín especial al respecto.

La conspiración del silencio en las altas esferas

Uno de los puntos más provocadores del análisis de Tyrangiel es el cambio en el comportamiento en los capitanes de industria. A principios de 2025, los directores ejecutivos de las grandes empresas tecnológicas y financieras hablaban con entusiasmo —casi con arrogancia— sobre cómo la IA les permitiría reducir drásticamente sus plantillas laborales.

Pero de repente se hizo el silencio. No es que hayan dejado de implementar la IA en sus empresas; es que se dieron cuenta de que hablar de ello es políticamente tóxico.

Existen en las redes sociales filtraciones de empresas como Amazon que sugieren la existencia de planes para automatizar cientos de miles de puestos de trabajo en la próxima década. Sin embargo, en las llamadas donde se analiza el desempeño de las empresas que cotizan en Wall Street, los CEOs ahora utilizan eufemismos como “eficiencia operativa” o “reajuste de prioridades”.

Este mutismo es una táctica de supervivencia. Saben que la IA es profundamente impopular entre la fuerza laboral y que admitir que están reemplazando humanos por algoritmos atraerá la atención de reguladores y sindicatos.

Mientras tanto, la presión de los inversionistas es implacable: si los CEOs no utilizan la IA para recortar costos y aumentar márgenes, serán reemplazados por un CEO que sí lo haga. Es una carrera hacia el abismo donde la lealtad hacia el trabajador humano es vista como una ineficiencia que debe ser eliminada.

La velocidad: el factor que lo cambia todo

Muchos economistas optimistas citan la historia para calmar los ánimos. Argumentan que cuando aparecieron los tractores, los campesinos se convirtieron en obreros de fábrica, y cuando aparecieron los ascensores automáticos, los operadores de elevador encontraron otros trabajos. Sin embargo, como bien discuten figuras como Daron Acemoglu y David Autor, esta analogía ignora el factor de la velocidad. Tyrangiel nos recuerda que las transiciones del pasado ocurrieron a lo largo de décadas, permitiendo que una generación se jubilara mientras la siguiente se encontraba en proceso de entrenamiento para obtener nuevas habilidades.

La IA no ofrece ese lujo. No es una máquina física que deba ser fabricada, transportada e instalada. Es software que se distribuye globalmente con un click. La capacidad de la IA para realizar tareas cognitivas complejas significa que el desplazamiento no será gradual, sino súbito.

Si el 40% de los empleos del mundo se ven afectados —como advierte el Fondo Monetario Internacional—, los sistemas de seguridad social, que ya son frágiles, simplemente colapsarán. No hay programas de reentrenamiento que actúan con la suficiente rapidez como para competir con una tecnología que mejora exponencialmente cada seis meses. La economía no está lista porque hemos asumido que el futuro será una versión ligeramente más rápida del pasado, cuando en realidad es un cambio de paradigma total.

Un barco fantasma en Washington

Mientras el sector privado corre desbocado, el sistema político estadounidense parece un barco fantasma. Tyrangiel describe un Washington, D.C., paralizado por la polarización y la captura regulatoria. Senadores intentan pasar legislación para proteger a los trabajadores desplazados, solo para ver a sus propuestas muertas en los pasillos del Congreso. La industria tecnológica, con sus profundos bolsillos, ha logrado instalar una narrativa de miedo: “si nos regulan, China ganará la carrera”.

Esta excusa geopolítica ha servido para que el gobierno abdique de su responsabilidad de supervisión. Incluso los organismos creados para vigilar la seguridad de la IA están poblados por personas vinculadas estrechamente a Silicon Valley. Es el zorro cuidando el gallinero, pero con el agravante de que el zorro tiene una supercomputadora. La ausencia de una política pública coherente significa que el mercado, en su forma más cruda y cortoplacista, decidirá quién sobrevive a la automatización. Y el mercado, por definición, no tiene conciencia ni interés en la estabilidad democrática.

La democracia en la era del algoritmo

La conclusión a la que nos lleva el texto de Tyrangiel es tan filosófica como económica. La creación del BLS en 1869 fue un acto de fe democrática: la creencia en que conocer la realidad es el primer paso para la justicia. Si hoy la democracia más antigua del mundo no puede molestarse en contar cuántas personas están perdiendo su sustento frente a una máquina, si el mundo en general no puede distinguir entre el crecimiento de los mercados y el bienestar de los ciudadanos, entonces la democracia misma está en riesgo.

Nick Clegg, ex viceprimer ministro británico y ahora ejecutivo de Meta (antes Facebook), advirtió que si los gobiernos democráticos no logran gestionar esta transición de manera que la gente sienta que su vida mejora, la sociedad buscará respuestas en otros lugares. Los regímenes autoritarios no tienen que pedir permiso para automatizar su economía; las democracias sí. Pero para pedir permiso, primero hay que ser honestos en torno a lo que está ocurriendo.

La economía de Estados Unidos, y creo que por extensión la del mundo, no está lista para la IA porque ha preferido la comodidad de la ignorancia estadística al dolor de la acción política. Estamos volando en medio de una tormenta perfecta, confiando en instrumentos que dejaron de funcionar hace tiempo.

Si no recuperamos la voluntad de mirar la realidad de frente —de contar, de medir y de proteger lo humano sobre lo algorítmico—, el aterrizaje no será suave. El artículo de Josh Tyrangiel no es solo una crítica económica; es una llamada de auxilio para una nación (y un mundo) que ha olvidado que el progreso tecnológico solo hace sentido si hay seres humanos que puedan disfrutarlo.

Si el futuro pertenece solo a las máquinas y a quienes las poseen, entonces habremos fracasado en el experimento que comenzó en Massachusetts hace más de un siglo. Buena suerte con las máquinas, en efecto, porque las necesitaremos si seguimos negándonos a ver lo que tenemos delante.

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Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.

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