LA NADA Y UNO

El efecto domino: De Tokyo a Wall Street tras la "destrucción" del Bitcoin

No es la muerte de Bitcoin, pero sí de la ilusión de que se puede vivir en un ecosistema financiero paralelo que no rinde cuentas a la realidad económica del resto del planeta.

¿El Bitcoin es capaz de mantener en pie el sistema financiero digital?Créditos: Especial
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Durante meses, los entusiastas de las criptomonedas vivimos en una suerte de Nirvana financiero. Con Bitcoin rozando la cifra de los 126,000 dólares apenas el otoño pasado, la narrativa del “oro digital” parecía finalmente haber vencido a todos sus detractores. Se decía que la criptomoneda ya no dependía de los ciclos tradicionales, que el ingreso de los grandes titanes de Wall Street le había otorgado una madurez irreversible y que el sistema financiero estaba blindado.

Sin embargo, este febrero de 2026 nos ha entregado una lección de humildad financiera tan cruda como necesaria. El desplome que hoy presenciamos, con precios que luchan por mantenerse en la mitad de su valor máximo, no es un evento aislado ni un error de sistema. Es el resultado de una colisión frontal entre la política monetaria japonesa, la eficiencia despiadada de los ETF de BlackRock y el fin de una borrachera de liquidez que duró demasiado tiempo.

El despertar del Yen y el fin del dinero gratis

Para entender por qué nuestra cartera digital se está desangrando, hay que dejar de mirar las gráficas tipo “velas” y empezar a observar los bancos centrales, específicamente el de Japón. Lo que estamos viviendo es la anatomía de un colapso anunciado, donde la interconexión global ha demostrado que, en el mundo de las finanzas modernas, nadie es una isla, ni siquiera lo es una red descentralizada de nodos en la “nube”.

Durante décadas, la economía global se aprovechó de una anomalía japonesa: las tasas de interés cercanas a cero o incluso negativas. Esto dio origen a lo que en los círculos financieros se conoce como el “Yen Carry Trade”. La mecánica era simple, casi insultante por lo lucrativa que resultaba: un inversionista institucional pedía prestado dinero en yenes a una tasa cercana a cero para luego convertir ese capital en dólares, pesos o cualquier otra moneda y comprar activos que ofrecieran rendimientos mucho mayores, desde bonos gubernamentales hasta, por supuesto, Bitcoin. Era, en esencia, arbitraje en esteroides.

Sin embargo, a finales de 2025, el Banco de Japón decidió que ya era suficiente. Ante una inflación que empezaba a morder y una moneda que se depreciaba peligrosamente, las autoridades niponas elevaron las tasas de interés al 0.75 por ciento con la promesa de seguir subiéndolas. Lo que parece un ajuste técnico menor fue el equivalente a encender las luces al final de una fiesta. El yen comenzó a fortalecerse rápidamente y, de pronto, los préstamos que antes eran prácticamente gratuitos empezaron a costar dinero de verdad.

Cuando el yen sube, el inversionista que debe yenes entra en pánico. Para pagar sus deudas antes de que el costo se vuelva insoportable, tiene que vender sus activos más líquidos y rentables. Bitcoin, por su naturaleza de operación 24/7 y su profunda liquidez, se convirtió en el cajero automático del mundo. No es que los inversionistas hayan dejado de creer en la blockchain; es que necesitaban yenes desesperadamente para cubrir sus márgenes de pérdida.

Este flujo masivo de salida de recursos provocado desde Japón fue el primer gran golpe que desestabilizó la estructura de precios de Bitcoin (y varias criptomonedas más), creando un vacío de liquidez que apenas estamos empezando a digerir.

La paradoja de BlackRock y el doble filo de los ETF

Si el yen fue el detonante, la estructura de los ETFs (fondos cotizados en bolsa), encabezados por el IBIT de BlackRock, fue el acelerador. Cuando la SEC (autoridad reguladora del mercado de valores en Estados Unidos) aprobó estos instrumentos, el mercado lo celebró como la validación definitiva de Bitcoin por los grandes inversores.

Se pensó que el dinero institucional traería estabilidad, pero la realidad de este febrero nos cuenta una historia distinta. La institucionalización del Bitcoin ha transformado su ADN: de ser un activo rebelde y no correlacionado con otros, ha pasado a comportarse como una ficha más en el tablero de riesgo de Wall Street.

La entrada de BlackRock no solo trajo ahorradores de largo plazo; trajo algoritmos que compran y vender activos varias veces por minuto y fondos de cobertura que utilizan el Bitcoin para estrategias de “basis trade”: compran Bitcoin a través del ETF y venden simultáneamente contratos de futuro para capturar una diferencia de rendimiento que podía alcanzar niveles del 15%.

Es una estrategia de bajo riesgo que funcionaba de maravilla mientras las tasas en Estados Unidos eran estables y el apetito por el riesgo era alto. Pero cuando la volatilidad del yen sacudió el tablero, estos fondos de cobertura no dudaron en cerrar sus posiciones de un solo golpe.

Aquí reside la gran paradoja: el mismo vehículo que facilitó que miles de millones de dólares entraran al ecosistema cripto es ahora la puerta de salida más ancha y rápida de la historia. En una sola jornada de este mes, vimos volúmenes de salida superiores a los 10,000 millones de dólares en el fondo de BlackRock. Cuando una masa de capital de ese tamaño decide abandonar el barco al unísono, no hay suficientes compradores minoristas que puedan sostener el precio.

El ETF, que se vendió como un refugio seguro, terminó funcionando como un cinturón transportador que acelera la caída hacia el abismo, demostrando que la eficiencia de Wall Street es igual de efectiva para crear riqueza que para destruirla.

El contagio tecnológico y el desencanto de la Inteligencia Artificial (IA)

No podemos ignorar que este “crash” ocurre en un contexto de fatiga tecnológica generalizada. Durante 2024 y gran parte de 2025, el mercado se movió bajo el hechizo de la IA. Bitcoin, que para muchos inversionistas de Silicon Valley es simplemente una extensión del sector tecnológico, se benefició de este entusiasmo. Si las acciones de productores de semiconductores subían, Bitcoin subía. Sin embargo, el sector de “software como servicio” (SaaS, por sus siglas en Inglés) ha comenzado a mostrar grietas profundas.

La promesa de que la IA generativa incrementaría los márgenes de utilidad de forma infinita ha chocado con la realidad de los costos operativos y la saturación del mercado. Cuando gigantes del software comenzaron a reportar crecimientos planos o correcciones en sus valoraciones este trimestre, el sentimiento de “riesgo activado” se apagó de golpe. Bitcoin, al estar atrapado en la misma cubeta de “activos de alto riesgo” en que están las acciones de empresas tecnológicas, sufrió el mismo castigo.

Los modelos de manejo de cartera de las grandes gestoras de fondos no distinguen entre la descentralización de la criptomoneda y la eficiencia de un “chatbot”; para ellos, ambos son activos volátiles que deben venderse cuando el mercado se pone nervioso.

Esta correlación con el Nasdaq es quizás la noticia más triste para los puristas del cripto. La idea de que Bitcoin serviría como una cobertura contra el sistema financiero tradicional ha quedado, al menos temporalmente, invalidada. Hoy, Bitcoin se mueve al ritmo de los reportes trimestrales de las empresas de software de California y de las decisiones de banca central. Las criptomonedas se han vuelto un rehén de la macroeconomía global, perdiendo su estatus de “activo refugio” para convertirse en un termómetro del exceso de liquidez mundial.

Hacia un nuevo equilibrio entre el valor y el ruido

¿Significa esto que estamos ante el fin de las criptomonedas? Probablemente no. La historia de Bitcoin es una crónica de muertes anunciadas que nunca terminan por concretarse. Sin embargo, lo que sí ha muerto es la ilusión de que se puede vivir en un ecosistema financiero paralelo que no rinde cuentas a la realidad económica del resto del planeta. El choque entre el yen, los ETF y el sector tecnológico ha desnudado al mercado, dejando al descubierto quiénes estaban invirtiendo por convicción y quiénes simplemente estaban aprovechando los préstamos baratos.

Para el inversionista en México, esta crisis debe servir como un recordatorio de que la diversificación no es solo poseer diferentes activos, sino entender qué fuerzas los mueven. Mientras el peso mexicano ha mostrado una resiliencia notable frente al dólar en ciertos periodos, Bitcoin ha demostrado que su volatilidad no tiene fronteras ni banderas. La claridad que hoy exigimos al mercado es la misma que debemos aplicarnos a nosotros mismos: no existen las ganancias del 100 por ciento anual sin un riesgo de caída proporcional.

El mercado se encuentra ahora en una fase de purga. Se están limpiando los excesos de apalancamiento, se están cerrando los “carry tardes” insostenibles (como aquel relacionado al yen japonés) y se está reevaluando el valor real de la tecnología frente a la narrativa especulativa.

Es un proceso doloroso, especialmente para aquellos que entraron en la cima de los 126,000 dólares movidos por el FOMO (miedo a quedarse fuera). Pero es también un proceso necesario para que el ecosistema pueda aspirar a una estabilidad futura que no dependa de que un banquero en Tokio decida subir un cuarto de punto su tasa de interés.

La lección de este febrero es clara: el dinero nunca es gratis y la liquidez es un visitante que se va sin avisar. Bitcoin seguirá existiendo, pero la era de la inocencia institucional ha terminado. Ahora, los criptoactivos deben demostrar si pueden sobrevivir no como herramientas de especulación sustentada en préstamos, sino como lo que siempre prometieron ser: una alternativa sólida y funcional. Mientras tanto, lo mejor es mantener la cabeza fría, observar las tasas de interés y recordar que, en las finanzas, el pánico es tan contagioso como la euforia pero mucho más costoso.

Precio de Bitcoin de hoy

Puede ver el precio de hoy de Bitcoin aquí, así como también el precio de hoy de Ethereum y de las principales criptomonedas.

Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.

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