LA NADA Y UNO

La criptomoneda que Bitcoin nunca fue

Bitcoin se volvió lo que prometía destruir. Zcash (ZEC) recoge esa promesa rota ofreciendo una privacidad implacable desde su diseño. La pregunta ya no es técnica: es política.

¿Bitcoin resultó ser un fracaso?Créditos: Especial
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Hay una ironía que los defensores de Bitcoin prefieren no discutir en voz alta: la criptomoneda que nació como un manifiesto contra la vigilancia financiera del estado se convirtió, con los años, en el activo favorito de los mismos bancos e instituciones que prometía desmantelar.

Hoy, BlackRock ofrece fondos de Bitcoin. Fidelity los custodia. La Reserva Federal de los Estados Unidos los monitorea. Cada transacción en la red de esta criptomoneda queda registrada de forma permanente, pública e irrastreable en un libro electrónico que cualquier gobierno, empresa de análisis o curioso con una computadora puede consultar en tiempo real. La privacidad —la promesa original— se perdió. Ahí, exactamente en esa grieta, vive Zcash (ZEC).

Una vieja promesa con nombre nuevo

Zcash no es una idea nueva. Nació en 2016 a partir del mismo código de Bitcoin, con una sola diferencia sustantiva: sus transacciones pueden ser completamente privadas. No rastreables. No visibles. Para lograrlo usa una tecnología matemática llamada zk-SNARKs —pruebas tipo “cero conocimiento”— que permite a dos partes demostrar que una transacción es válida sin revelar quién la hizo, a quién, ni por cuánto.

Explicado en términos cotidianos: es como si un cajero de banco pudiera confirmar que tiene usted suficiente dinero para retirar sin ver su saldo, su nombre ni su historial. El sistema funciona; la privacidad se conserva.

Durante años, Zcash fue un proyecto admirado pero ubicado en los márgenes del mundo cripto. Admirado por los técnicos, ignorado por los especuladores.

Eso cambió en 2025 de una forma que nadie anticipó del todo: la moneda se disparó más de 800% en doce meses, superó a Monero como la principal criptomoneda de privacidad por capitalización de mercado y atrajo la atención de nombres que hasta hace poco no habrían sido escritos en el mismo párrafo.

Los fundadores de Gemini, Tyler y Cameron Winklevoss, apostaron por ella. Grayscale —el gigante de activos digitales— lanzó su propio fondo de Zcash y solicitó convertirlo en el primer ETF de moneda de privacidad en la historia. Barry Silbert, fundador de Digital Currency Group y uno de los inversionistas más influyentes del ecosistema cripto, lo dijo sin rodeos: el momento de Zcash hoy se parece a “Bitcoin circa 2013”.

El problema con ser transparente

Para entender por qué todo eso importa, hay que recordar qué era lo que prometía Bitcoin en sus orígenes. El manifiesto de Satoshi Nakamoto —el pseudónimo del creador o creadores, cuya identidad sigue siendo desconocida— no era un documento financiero.

Era político. El sistema que describía buscaba eliminar la necesidad de confiar en bancos, gobiernos o intermediarios. El dinero intercambiado entre pares, sin rendir cuentas a nadie.

Esa visión tiene un talón de Aquiles que Nakamoto nunca resolvió: la transparencia total de la cadena. Cada transacción es seudónima —vinculada a una dirección, no a un nombre— pero en la práctica las empresas especializadas en análisis de blockchain, como Chainalysis, pueden trazar con notable precisión quién le paga a quién, cuándo y cuánto.

Los gobiernos las contratan. Los fiscales las usan en juicios. La “privacidad” de Bitcoin es, en realidad, una cortina muy delgada. Zcash resolvió ese problema desde su diseño. No como parche, sino como arquitectura.

El usuario puede elegir hacer una transacción transparente —útil para empresas que necesitan cumplir con regulaciones de prevención de lavado de dinero— o una transacción blindada, donde el registro en la cadena confirma que la operación es válida sin revelar nada más. Esa flexibilidad es políticamente inteligente: no desafía a los reguladores de frente, los esquiva.

Lo que mueve el mercado no es solo la tecnología

Sería deshonesto atribuir el rally de Zcash únicamente a sus méritos técnicos. Los mercados de criptomonedas rara vez se mueven por razones tan nobles. Lo que disparó el interés en 2025 fue una combinación de factores más mundanos: la institucionalización acelerada de Bitcoin generó una reacción por una parte de sus entusiastas originales.

Hay un grupo —pequeño pero ruidoso e influyente— de primeros adoptantes que se sienten traicionados por aquello en lo que Bitcoin se convirtió. Para ellos, ver a Larry Fink de BlackRock promocionar Bitcoin en Davos no es una victoria. Es exactamente lo que querían evitar.

Zcash les ofrece algo que Bitcoin ya no puede: la sensación de estar en el inicio de algo. La narrativa del descubrimiento, del activismo, de la tecnología antes de que lleguen las instituciones a domesticarla.

A eso se suma un contexto geopolítico que volvió la privacidad financiera un tema de conversación seria. La expansión de sistemas de vigilancia digital, el escrutinio creciente sobre el patrimonio y las transferencias internacionales, y el avance de la computación cuántica —que amenaza con hacer descifrable todo lo que hoy parece seguro— convirtieron a las monedas de privacidad en algo más que un nicho ideológico.

El CEO de VanEck, Jan van Eck, lo notó: ballenas de Bitcoin —inversionistas con posiciones de decenas de millones de dólares— empezaron a mover parte de sus activos hacia Zcash. No porque crean que reemplazará a Bitcoin, sino porque quieren una cobertura para lo que Bitcoin no puede ofrecerles: discreción.

Los límites del argumento

Sería irresponsable escribir esta columna sin reconocer los obstáculos que Zcash enfrenta. Son reales y no menores. El primero es regulatorio. La Unión Europea tiene planeado prohibir las monedas de privacidad —Zcash entre ellas— a partir de mediados de 2027, bajo sus regulaciones contra el lavado de dinero.

Japón y Corea del Sur ya las han retirado de sus principales “exchanges”. El argumento oficial es siempre el mismo: si ocultas la transacción, estás facilitando el crimen.

Es un argumento que merece ser cuestionado. El efectivo también es anónimo. Las transacciones en pesos físicos no dejan rastro. Nadie propone eliminar los billetes. Pero la política rara vez es coherente, y los reguladores tienen una larga historia de aplicar estándares distintos a tecnologías que desafían al sistema bancario tradicional.

El segundo obstáculo es de adopción. Bitcoin lleva más de quince años construyendo infraestructura, marca y confianza institucional. Zcash, con todo su reciente impulso, sigue siendo una fracción de ese ecosistema. Los mercados son profecías autocumplidas: el activo que más gente usa tiende a ser el que más gente usará.

El tercero es más sutil: la característica que hace a Zcash valiosa —la privacidad— es también la que limita su crecimiento. Las empresas requieren auditorías. Los inversionistas institucionales necesitan cumplimiento regulatorio. Una moneda que oculta todo por defecto genera fricciones que muchos actores del mercado no están dispuestos a asumir.

La pregunta que no desaparece

Y sin embargo, hay algo que el ascenso de Zcash ilumina con más claridad que cualquier argumento técnico o financiero: la contradicción no resuelta en el corazón del experimento cripto. ¿Para qué queremos dinero digital? Si la respuesta es para que los bancos tradicionales lo custodien en ETFs regulados y los gobiernos lo graven igual que a cualquier otro activo, entonces Bitcoin cumplió su misión de una forma que sus creadores probablemente nunca imaginaron.

Si la respuesta tiene algo que ver con soberanía individual, con el derecho a realizar transacciones sin que nadie le observe, con la idea de que su patrimonio es asunto suyo y no del sistema, entonces Bitcoin falló —y Zcash existe para recordárnoslo.

No estoy diciendo que Zcash vaya a ser “el nuevo Bitcoin”. Nadie lo sabe. Los mercados son brutales con las narrativas limpias y los profetas seguros de sí mismos. Lo que sí estoy diciendo es que el debate que Zcash abre no gira en torno a una “altcoin” de nicho.

Gira alrededor del tipo de dinero queremos en el siglo XXI. Si preferimos el dinero legible —conveniente, institucional, trazable, integrado al sistema— o el dinero privado, con todo lo que esa palabra implica: autonomía, riesgo, responsabilidad y, sí, también la posibilidad de que alguien lo use para cosas que preferiríamos que no hiciera.

Esa pregunta no tiene una respuesta sencilla. Pero hacerla es más honesto que fingir que la transparencia total es, por definición, una virtud.

Precio de Bitcoin de hoy

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Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.

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