El viernes 12 de junio de 2026, a las 17:21 de la tarde, hora del Este de los Estados Unidos, el Departamento de Comercio de ese país envió una carta al CEO de Anthropic. Para cuando la mayoría de sus empleados terminaron de leerla, los modelos de inteligencia artificial (IA) más avanzados del mundo ya no funcionaban. No fallaron. No los hackearon. Los apagaron, por orden del gobierno.
Eso es todo lo que necesita usted saber para entender que algo cambió la semana pasada, así como que el cambio no nos conviene.
La historia oficial, y la otra
La versión de Washington es la siguiente: el modelo Fable 5, la versión comercial del sistema que Anthropic llama “Mythos”, tenía una vulnerabilidad. Alguien había encontrado la manera de realizarle un “jailbreak”, es decir, de hacerlo responder preguntas que sus creadores habían bloqueado deliberadamente: cómo diseñar patógenos o cómo construir otras herramientas de IA peligrosas.
La administración Trump alertó a Anthropic. La empresa, según el gobierno, se negó a corregir la vulnerabilidad. El CEO estaba en un retiro y no contestaba el teléfono, así que Washington activó controles de exportación que prohibieron el acceso al modelo a cualquier ciudadano no estadounidense, dentro o fuera del territorio del país, incluidos los propios empleados extranjeros de la empresa. La única forma práctica de cumplir fue “bajar” el modelo para todos.
La versión de Anthropic es distinta: nunca hubo un “jailbreak” real, sino una vulnerabilidad estrecha y no universal. La empresa no recibió detalles específicos. Nunca se negó a colaborar y considera que retirar un modelo comercial desplegado ante cientos de millones de usuarios no es una respuesta proporcional a una falla menor.
¿A quién creerle? Para fines de este argumento, la pregunta es secundaria. Lo que importa es lo que ya ocurrió y no puede deshacerse: el gobierno de la nación tecnológicamente más poderosa del mundo demostró, ante todos, que puede apagar la IA más avanzada del planeta con una carta enviada un viernes por la tarde. Y que lo hará cuando lo considere conveniente, sin explicaciones precisas, sin aviso previo, sin importar a cuántos usuarios afecte.
El arma que hiere al que la empuña
El economista Tyler Cowen, que tuvo acceso a Fable 5 antes de que lo bajaran, publicó el lunes pasado en “The Free Press” una observación que parece obvia pero que pocas veces se dice con tanta claridad: cuantas más veces el gobierno de EE.UU. utilice este “switch”, menos valiosa se vuelve la IA estadounidense como plataforma.
No es un argumento sentimental. Es de mercado. Si se es una empresa en Singapur, en Brasil, en Polonia, y está evaluando construir su infraestructura tecnológica sobre modelos de Anthropic o de OpenAI, acaban de darle la información más relevante que necesitaba: su inversión puede evaporarse un viernes por la tarde, por razones que el proveedor no controla y que el gobierno no tiene obligación de explicarle.
El R Street Institute, un “think tank” que no se puede acusar de antiestadounidense, lo dijo sin rodeos: la acción es un mensaje eficaz a las naciones que desarrollen sus alternativas propias o busquen colaboradores. Es también, dijo un claro aviso sobre la dependencia de plataformas estadounidenses que se convierte en una responsabilidad de estrategia.
Washington acaba de aportar el mejor argumento en favor de la soberanía tecnológica que ningún funcionario europeo, chino o latinoamericano hubiera podido construir. Y lo hizo gratis.
La trampa de la soberanía
Aquí viene la parte incómoda. La respuesta obvia al problema, la que ya está resonando en Europa y en varios foros internacionales, es: construyamos nuestra propia IA. Soberanía tecnológica. Modelos propios. Datos en casa. La frase suena bien. El problema es que construir soberanía de IA no es como promulgar una ley o crear una secretaría de estado.
Requiere modelos lingüísticos “cutting edge”, sí, pero también centros de datos masivos, capacidad energética, permisos de construcción ágilmente otorgados, semiconductores avanzados, talento especializado y un ecosistema de aplicaciones que toma años en madurar. Europa, con todo su peso económico, lleva años rezagada en casi todas esas dimensiones.
Francia tiene a Mistral, que es un esfuerzo serio, pero si Mistral se convierte en el modelo dominante de la Unión Europea, entonces los alemanes quedan dependientes de los franceses, y los franceses quedan atados a una empresa privada sobre la que tampoco tienen control total. La soberanía doméstica no es soberanía; es apenas cambiar de amo.
Para países como México, la aritmética es todavía más dura. No tenemos un Mistral. No tenemos la infraestructura de semiconductores de Corea del Sur ni el músculo de inversión estatal de China.
Si imaginamos, como hace Cowen con Perú, un futuro en el que los modelos de IA administran partes del sistema bancario, del fisco o de la educación pública mexicana, y ese futuro depende de plataformas estadounidenses, entonces la pregunta no es técnica. Es política. ¿Qué tan cómodos estamos con que una disputa entre Washington y una empresa de San Francisco pueda interrumpir el funcionamiento del SAT un lunes por la mañana?
Lo que se viene, y lo que México no está discutiendo
Las consecuencias del caso Fable 5 se van a desarrollar en tres direcciones, y las tres nos afectan.
- Primera: muchos países van a ir más despacio en su adopción de IA, exactamente porque acaban de ver que la dependencia tiene un precio. Eso significa menos productividad, menos acceso a herramientas que en otras partes ya son cotidianas, más brecha con los que sí avancen rápido. El retraso no es neutro. Tiene un costo en bienestar, en competitividad, en calidad de servicios públicos.
- Segunda: algunos países van a voltear hacia China. No todos por ideología. Muchos simplemente por cálculo. China tiene una reputación, justa o no, de no interferir en los asuntos internos de sus socios comerciales. Sus modelos de IA de código abierto son los mejores del mundo en esa categoría. En África Oriental, en partes de Asia y América Latina, esa opción va a volverse más atractiva después de esta semana. El problema es que depender de Beijing tiene sus propios riesgos, y que los modelos abiertos chinos, aunque no tengan “switch” de apagado, tienen a Beijing detrás cuando se trata de actualizaciones, soporte y desarrollo.
- Tercera: el mundo del código abierto va a crecer. Eso tiene ventajas reales. Pero también implica alejarse de los modelos más capaces, que siguen siendo privativos y estadounidenses. Ninguna de estas tres salidas está libre de costos importantes.
La pregunta que México debería estar haciéndose
El debate en torno a la soberanía de IA está ocurriendo con intensidad en Europa, en India, en varios países del sudeste asiático. En México, la conversación pública sobre IA sigue siendo mayoritariamente la de las oportunidades, los empleos que se van a perder o ganar, los chatbots de servicio al cliente. Son conversaciones válidas, pero son las de segundo nivel.
La pregunta de primer nivel es esta: ¿Qué posición quiere ocupar México en el tablero que se está configurando? No es una pregunta que se responda sola, ni que el mercado resuelva por nosotros. Requiere decisiones de política pública, de inversión, de alianzas, que hoy no estamos tomando con la seriedad que merecen.
El caso Fable 5 va a resolverse, probablemente pronto. Anthropic y el gobierno tienen incentivos para llegar a un acuerdo, y la empresa necesita restaurar la confianza de sus inversionistas antes de su salida a bolsa. Pero el precedente ya existe. El “switch” ya se usó. Y los países que no tengan una respuesta lista para la próxima vez que se apague la luz de un modelo van a aprender, de la peor manera, que en el mundo de la IA la dependencia no es una metáfora, es literal.
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Por Emilio Carrillo Peñafiel, abogado especializado en temas de financiamiento, tecnología y M&A.
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